A los 71 años, Hugo decidió convertir la jubilación en punto de partida. Lejos de imaginar una vida puertas adentro, adaptó su Renault Kangoo y la transformó en una mini casa rodante con la que recorre rutas argentinas y destinos de Latinoamérica, en un viaje que, según contó, empezó sin un plazo de vuelta.
El hombre vive en Alta Gracia, Córdoba, y diseñó por su cuenta el interior del vehículo para ganar comodidad en movimiento. En ese espacio reducido armó una cama de 1,90 metros, sumó un colchón a medida, un calentador, conexión wifi y el equipamiento básico para sostener la vida cotidiana sobre ruedas. “Tengo todo lo necesario para la ruta”, resumió al contar cómo resolvió su nueva rutina.
La experiencia, explicó, nació después del retiro laboral. Frente a la pregunta sobre cómo ocupar esa nueva etapa, optó por una salida que combinó autonomía, gusto por los viajes y una lógica austera. Contó que antes había sido aficionado a las motos, pero que con el tiempo empezó a mirar otras formas de viajar y encontró en la camioneta una alternativa posible para seguir en movimiento.
El primer tramo del recorrido comenzó en febrero, cuando salió desde Córdoba con la idea de cruzar a Chile para hacer la Carretera Austral. Según relató, en ese intento inicial tuvo inconvenientes para pasar la frontera y debió cambiar de planes. En lugar de volver a su casa, siguió viaje por territorio argentino y encaró parte de la ruta 40, decidido a sostener el proyecto.
Tiempo después retomó aquel objetivo pendiente y finalmente logró avanzar por la Carretera Austral chilena. Allí hizo cerca de 900 kilómetros de ripio, con paradas en pueblos, puertos y sectores costeros. Tras ese tramo regresó al centro del país, pasó por San Luis y dejó abierta la continuidad del itinerario hacia el norte.
La camioneta, por dimensiones, no tiene las prestaciones de un motorhome convencional. Hugo mismo explicó que no puede permanecer de pie dentro del habitáculo y que el vehículo no cuenta con baño. Por eso, suele organizar sus descansos en estaciones de servicio, campings u otros espacios donde pueda higienizarse y reponer energías antes de seguir manejando.
Lejos del lujo, la apuesta parece estar puesta en la autosuficiencia y en una idea de viaje ligada al disfrute del tiempo propio. El equipamiento es mínimo, pero suficiente para sostener una rutina nómade con costos contenidos y una libertad de movimientos difícil de encontrar en formatos más grandes o más caros.
El caso también vuelve a poner en escena una modalidad de viaje cada vez más visible en la región: la de personas que adaptan utilitarios compactos para convertirlos en viviendas móviles. En un contexto de búsquedas más flexibles, presupuestos acotados y experiencias por fuera del turismo tradicional, estas configuraciones ganan lugar entre quienes priorizan autonomía antes que comodidad plena.
En su relato, Hugo evita presentarse como ejemplo extraordinario. Habla, más bien, de una decisión personal frente al paso del tiempo y de una forma de aprovechar los años que vienen. “Soy un viajero con salida, pero sin retorno”, sostuvo al definir una travesía que, al menos por ahora, sigue escribiéndose kilómetro a kilómetro.
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