La previa de la peregrinación a Ceferino Namuncurá ya se vive en los caminos de Río Negro con grupos de jinetes que avanzan hacia Chimpay desde distintos puntos del Alto Valle. La travesía, que se repite cada año, combina religiosidad popular, esfuerzo físico y una fuerte carga de memoria familiar.

Los participantes parten desde localidades como Allen, Fernández Oro y otros puntos de la región, y cubren a caballo cientos de kilómetros hasta llegar al santuario. En muchos casos no se trata de una experiencia aislada, sino de una práctica heredada que atraviesa generaciones y que tiene un valor central dentro de la identidad de sus comunidades.

El recorrido demanda varios días y obliga a organizar descansos, comida y asistencia para personas y animales. A lo largo del trayecto, los jinetes se cruzan con otros peregrinos y van armando fogones o paradas donde se comparten relatos, música y motivos personales que impulsan la llegada a Chimpay.

Entre esos motivos aparecen promesas de salud, pedidos de trabajo, agradecimientos y el deseo de sostener una tradición. La dimensión religiosa convive con una experiencia colectiva que, para muchos, también funciona como espacio de encuentro entre familias, amigos y vecinos que se suman año tras año.

Uno de los testimonios recogidos muestra esa mezcla de fe y continuidad: hay peregrinos que llevan más de dos décadas realizando el viaje y que ahora suman a hijos o parientes más jóvenes. Esa transmisión fortalece una celebración que excede lo estrictamente litúrgico y se convierte en un ritual regional.

La peregrinación central a Ceferino Namuncurá tendrá su punto fuerte en Chimpay durante el fin de semana, con actividades religiosas, celebraciones comunitarias y momentos de oración junto al río. La llegada de las columnas de jinetes es una de las postales más representativas de esa convocatoria.

El movimiento de peregrinos también reactiva la vida local en la zona del santuario, donde se concentra una importante afluencia de visitantes. Para Chimpay, la celebración implica una dimensión espiritual, social y económica que cada año vuelve a poner a la localidad en el centro del mapa religioso patagónico.

Así, la cabalgata hacia Ceferino vuelve a mostrar una expresión de fe profundamente arraigada en Río Negro. Más que un simple traslado, el viaje se vive como una experiencia compartida en la que cada tramo del camino tiene sentido propio antes de la llegada final.