Hace unos tres mil años, el libro bíblico de Jueces cuenta una historia que parece escrita para la Argentina de hoy. En el capítulo 9, los árboles del bosque deciden que necesitan un rey. Van primero al olivo y le ofrecen la corona. El olivo se niega: prefiere seguir dando el aceite que enciende lámparas y sirve a la gente, antes que mecerse por encima de los demás árboles sin producir nada. Van a la higuera, que también dice que no: tiene fruta dulce para dar, y eso vale más que un título. Van a la vid, y responde lo mismo, su vino alegra a la gente y no lo va a cambiar por un trono. Recién ahí llegan al espino, la única planta del bosque que no tiene fruto propio. Y el espino dice que sí. Ofrece una sombra que en realidad no existe, porque un arbusto espinoso no cubre a nadie, y de paso amenaza con prender fuego si no lo coronan.

La lógica es simple. El que tiene algo valioso para dar está ocupado dándolo. No necesita un trono para sentirse útil. El que queda disponible para gobernar suele ser justamente el que no tiene nada propio que mostrar, y gobierna con lo único que le queda a mano: la amenaza.

Trasladada a la Argentina, la historia incomoda. Con demasiada frecuencia terminan al frente de una provincia, de un sindicato o de un ministerio personas que nunca gestionaron una empresa ni sostuvieron una nómina de sueldos. No hace falta pensar mucho para poner nombres propios. Mientras tanto, quienes construyeron algo real, una pyme que exporta, una fábrica que sostiene empleo genuino, suelen estar demasiado ocupados con eso como para meterse en política.

Ojo con la lectura fácil. El olivo, la higuera y la vid no son ricos ni exitosos en un sentido comercial: son útiles. Un delegado sindical que consiguió mejoras concretas de trabajo vale tanto como el empresario que abrió una planta. Un funcionario técnico que armó una política de crédito que funciona también es higuera. La diferencia con el espino no está en el patrimonio. Está en lo que construyeron antes de pedir el poder, y en lo que están dispuestos a resignar para ejercerlo.

El espino no tiene un problema de ignorancia, eso nos pasa a todos en mayor o menor medida. Su problema es aceptar gobernar sin nada propio para ofrecer, y tapar esa falta con anuncios grandilocuentes. Gobierna a fuerza de humo. Diagnósticos sin plan. Ruido en lugar de gestión. Y cuando el humo se disipa, no queda nada atrás.

La historia bíblica tiene un final que conviene recordar. El espino de Jueces 9 se llamaba Abimélec. Gobernó apenas tres años, hasta que la misma gente que lo había coronado terminó enfrentándolo. En el medio, incendió una ciudad con gente adentro. No es una parábola tranquilizadora: es una advertencia sobre lo que pasa cuando una comunidad, por cansancio o por comodidad, entrega el poder a quien no tiene nada real para dar.

La Argentina lleva décadas repitiendo el mismo patrón. Cada crisis económica muestra la misma distancia entre el discurso y la capacidad real de ejecutar. Y cada vez que la sociedad premia al que habla fuerte por encima del que construyó algo verificable, el ciclo vuelve, con otro nombre y otra década, pero con el mismo fondo.

La salida no es una elección puntual. Es exigirle currículum al poder, además de carisma. Preguntar qué hizo cada candidato antes de pedir el voto, no solo qué promete después. Y es, sobre todo, que los que tienen algo real para dar se animen a ocupar lugares de decisión, aunque eso les cueste resignar por un tiempo lo que ya construyeron. Porque si no lo hacen ellos, el lugar sigue vacante para el espino.

Referencia: Jueces 9:8-15.

*economista, empresario y Presidente del Movimiento Productivo Argentino