La administración de Estados Unidos volvió a elevar el tono en su disputa comercial con Canadá y aseguró que la nueva ofensiva arancelaria tendrá un efecto “devastador” sobre la economía de su principal socio fronterizo. La definición quedó instalada después de nuevos cruces públicos entre Donald Trump y el gobierno canadiense.

Washington sostuvo que la reacción de Ottawa fue equivocada y calificó como “insensato” responder con más tasas a productos norteamericanos. Del lado canadiense, en cambio, se anunció un aumento de gravámenes sobre bienes vinculados a las industrias del acero y los lácteos, lo que profundizó un conflicto que ya impacta en cadenas de valor altamente integradas.

La disputa no es menor por el volumen del intercambio bilateral. Una parte sustancial de las exportaciones canadienses tiene como destino el mercado estadounidense, por lo que cualquier alteración en las condiciones de acceso puede repercutir de manera directa sobre producción, empleo e inversiones.

El choque comercial también reabre interrogantes sobre el futuro del esquema de integración regional en América del Norte. Durante años, ambos países sostuvieron un entramado productivo con fuerte articulación industrial, logística y energética, y una guerra de aranceles pone bajo presión ese equilibrio.

Desde Ottawa, el gobierno de Mark Carney buscó mostrar firmeza y planteó que intentará reducir la dependencia respecto de Estados Unidos, con una estrategia orientada a diversificar mercados y ampliar vínculos con Asia y Europa. Sin embargo, esa transición no aparece como inmediata para una economía fuertemente conectada con su vecino.

En el trasfondo también asoma una disputa política. Trump volvió a utilizar un lenguaje provocador hacia Canadá y reforzó una narrativa de presión externa e interna, mientras la conducción canadiense intenta evitar quedar condicionada por una agenda definida desde Washington.

La escalada tiene proyección más allá de los dos países. Un conflicto comercial de este tamaño puede alterar precios, flujos de exportación y decisiones empresarias en distintos sectores, con efectos indirectos sobre otras economías, incluida la argentina, que sigue de cerca los movimientos del comercio internacional y de los mercados de alimentos y metales.

Por ahora no hay señales claras de descompresión. La pulseada ingresó en una fase de represalias y mensajes duros, con riesgo de extenderse a nuevas ramas productivas si ninguna de las dos partes cede en el corto plazo.